Por: Alberto Rivera
La política no se entiende, se interpreta. No ocurre en el vacío, sino en un escenario cuidadosamente diseñado donde cada gesto, cada palabra y cada silencio tienen un propósito. Luis Arroyo, en su libro El poder político en escena, revela una verdad incómoda: en el juego del poder, lo que cuenta no es solo lo que se hace, sino lo que se hace creer. Los líderes, como actores conscientes, se mueven entre símbolos, liturgias y rituales que despiertan emociones profundas y construyen realidades colectivas. Y nosotros, como ciudadanos, no solo somos espectadores: somos parte activa de la puesta en escena.En política, nada es casual. Los mítines masivos, los abrazos calculados, las giras a zonas marginadas, el fondo con banderas ondeando tras un discurso: todo responde a un guion estratégico. Arroyo describe estas ceremonias como liturgias políticas, actos simbólicos que generan legitimidad y sentido de pertenencia. La política se ejerce, sí, pero también se representa. No basta con gobernar; hay que parecer que se gobierna. Un líder puede gestionar con eficacia, pero si no lo comunica, no existe. Y al revés: quien domina la escena y las emociones puede construir una percepción de eficacia incluso sin resultados tangibles.
Lo más fascinante es que el cerebro humano no procesa la política de forma racional, sino emocional. No vemos para creer; creemos para ver. Esta idea, que Arroyo retoma de los marcos conceptuales de George Lakoff, explica por qué las campañas exitosas no se ganan con datos, sino con relatos. Las metáforas activan significados ocultos: no es lo mismo “rescatar la economía” que “blindar la frontera” o “defender a la patria”. Cada expresión convoca imágenes mentales, emociones colectivas y recuerdos compartidos que determinan cómo pensamos y sentimos sobre un tema. Quien impone la metáfora, controla el marco. Y quien controla el marco, gana la batalla política.
Los líderes lo saben. Por eso cuidan la puesta en escena con obsesión. La voz grave y pausada que transmite firmeza, la mirada que evita titubeos, el traje oscuro que proyecta autoridad o las mangas arremangadas que evocan cercanía. La política es performativa: comunica incluso cuando calla. Un presidente rodeado de beneficiarios proyecta empatía; el mismo presidente rodeado de banderas militares encarna fuerza y control. Cada contexto, cada símbolo, cada cuerpo es parte de la narrativa del poder.
En el fondo, la política contemporánea es una guerra de relatos. No gana el que más argumentos acumula, sino el que logra que su historia se imponga como la versión creíble de la realidad. No se trata solo de gestionar hechos, sino de darles significado. Por eso las campañas modernas ya no se limitan a difundir propuestas: construyen causas. Quien logra emocionar, movilizar y hacer que la gente se identifique con una historia, conquista no solo votos, sino adhesiones profundas.
La enseñanza de Arroyo es clara: la política no es un espejo de la realidad, sino una fábrica de realidades posibles. Y en ese escenario, los líderes que trascienden son los que entienden que gobernar no es solo administrar recursos, sino dirigir el relato que cohesiona a la sociedad. La narrativa no es un accesorio; es el poder mismo. No es que los símbolos acompañen la política: la política es, en gran medida, símbolo.
Como ciudadanos, comprender esta lógica nos permite leer la política con otros ojos. Nos ayuda a descifrar por qué ciertos discursos movilizan multitudes, por qué un gesto calculado puede cambiar percepciones y por qué, en tiempos de polarización, la emoción supera al dato. Pero también nos enfrenta a un dilema: si la política es un escenario, ¿qué tanto de lo que creemos saber forma parte de la obra… y qué tanto pertenece a la realidad?
En el juego del poder, los hechos importan, pero los relatos gobiernan. Por eso, cuando escuchamos a un líder, cuando vemos una imagen viralizada o cuando presenciamos un acto público, no estamos simplemente observando: estamos participando en la creación de un significado colectivo. Y ahí radica la esencia de la lección de Arroyo: no es el político quien tiene el poder, sino el relato que lo sostiene. Porque en política, más que ver para creer, creemos para ver.