El país de los traidores
Por: Helios Ruíz
Hay fechas que los políticos no desperdician. El 5 de mayo es una de ellas. La Batalla de Puebla, ese episodio glorioso en que un ejército irregular venció al que entonces era considerado el mejor del mundo, lleva más de un siglo funcionando como espejo en el que México se mira cuando necesita recordar quién es frente a la amenaza externa. Ayer, ese espejo sirvió para algo más: para trazar con nitidez las líneas de batalla que van a definir el discurso político mexicano de cara a las elecciones de 2027. Y lo que quedó claro, después de escuchar a la presidenta Claudia Sheinbaum, a la nueva dirigente de Morena Ariadna Montiel, y al presidente nacional del PAN Jorge Romero, es que México ha entrado de lleno en un ciclo de hiperpolarización cuyo combustible más peligroso tiene nombre propio: la palabra “traidor.”
Desde el Mausoleo de Ignacio Zaragoza en Puebla, Sheinbaum vinculó la historia nacional con el proyecto actual del gobierno, recordando que México ha resistido tanto las invasiones extranjeras como las traiciones internas de quienes, desde el conservadurismo, han apostado por someter al pueblo y entregar la patria. La frase no fue casual ni improvisada. Fue una declaración estratégica de intenciones: el gobierno que encabeza Sheinbaum se va a narrar a sí mismo como un acto de resistencia. El discurso funcionó como una señal política simultánea hacia Washington, en un momento de tensión por las presiones estadounidenses sobre el caso del gobernador Rubén Rocha Moya, y hacia la opinión pública interna. En otras palabras: el enemigo está afuera y también adentro, y ambos, según esta narrativa, son la misma cosa.
No tardó mucho en bajar esa línea a tierra concreta. Apenas dos días después de asumir la dirigencia de Morena, Ariadna Montiel dedicó su primer mensaje público como presidenta del partido a acusar a la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, de haber traicionado a la patria por el caso relacionado con la muerte de dos agentes estadounidenses vinculados a la CIA durante un operativo en la sierra chihuahuense. Según Montiel, lo ocurrido en Chihuahua no fue un operativo contra un narcolaboratorio sino una provocación deliberada a la intervención de agentes extranjeros en territorio nacional, violentando la Constitución y la soberanía de México. La respuesta del otro lado fue simétrica y casi refleja. Jorge Romero, presidente nacional del PAN, exigió la detención inmediata y extradición a Estados Unidos del gobernador Rocha Moya, a quien calificó también de traidor a la patria por haberse aliado con el crimen organizado desde un cargo público.
En pocas horas, el 5 de mayo de 2026 nos dejó un escenario en el que todos acusan a todos de lo mismo: traicionar a México. Es difícil no detenerse en eso.
La hiperpolarización no es un fenómeno nuevo en América Latina, y México no es el único país que lo está viviendo en tiempo real. En Colombia, con elecciones presidenciales convocadas para el 31 de mayo próximo, el proceso electoral se ha caracterizado por un clima de intensa polarización, marcado por el debate en torno a la consulta popular y las reformas impulsadas por el gobierno de Gustavo Petro. El petrismo y el uribismo llevan años construyendo una dinámica donde el adversario no es un competidor político sino una amenaza existencial para el país. El Congreso colombiano quedó dividido entre dos orillas extremas, y el presidente Petro ha impulsado la figura de una Asamblea Constituyente que sus críticos comparan directamente con los movimientos que en Venezuela concentraron el poder fuera de los contrapesos institucionales. El patrón se repite: cada actor construye su relato como una defensa de la democracia y acusa al contrario de ser su verdugo.
La polarización, bien utilizada, es una herramienta legítima de comunicación política. Contrastar es necesario; diferenciar visiones de país es el trabajo de cualquier campaña. El problema empieza cuando el contraste deja de ser sobre ideas y se convierte en una guerra de identidades morales. Cuando el adversario ya no es alguien con quien se puede ganar o perder en las urnas, sino un enemigo que debe ser destruido, la política deja de ser el espacio donde se resuelven los conflictos y se convierte en el espacio donde se producen. Y ese desplazamiento tiene consecuencias que no se quedan en las tribunas: llegan a las familias, a los vecindarios, a las redes sociales, a los cuerpos.
Hay una diferencia fundamental entre decir “mi adversario se equivoca” y decir “mi adversario es un traidor.” La primera afirmación invita al debate; la segunda cierra la puerta. Cuando todos los actores de un sistema político usan el mismo código de traición, lo que ocurre no es que uno de ellos tenga razón: lo que ocurre es que la sociedad queda atrapada en una narrativa donde no hay salida digna para nadie que piense diferente.
México está en el inicio de un ciclo electoral largo. Las elecciones intermedias de 2027 ya están marcando el ritmo de los discursos, y lo que ayer se escuchó en Puebla y en Torreón no fue solo la conmemoración de una batalla histórica. Fue el ensayo general de una guerra de narrativas que, si no se calibra con cuidado, puede terminar siendo mucho más dañina que cualquier derrota en las urnas. La pregunta que vale la pena hacerse hoy es si los actores políticos de ambos lados están dispuestos a ganar elecciones o simplemente a incendiar el país para que el otro no pueda gobernar. Son objetivos distintos, y con frecuencia, incompatibles.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
El país de los traidores Por: Helios Ruíz Hay fechas que los políticos no desperdician. El 5 de mayo es una de ellas. La Batalla de Puebla, ese episodio glorioso en que un ejército irregular venció al que entonces era considerado el mejor del mundo, lleva más de un siglo funcionando como espejo en el que México se mira cuando necesita recordar quién es frente a la amenaza externa. Ayer, ese espejo sirvió para algo más: para trazar con nitidez las líneas de batalla que van a definir el discurso…









