El silencio que derrota al algoritmo: Por qué la feminización del poder es nuestra última trinchera frente a la barbarie digital
Por Elliot Coen
En el actual campo de batalla digital, los algoritmos que administran nuestra atención están programados bajo una premisa perversa: la ira es más rentable que la empatía y el insulto viaja diez veces más rápido que el argumento. En medio de esta tormenta de ruido sintético, Costa Rica acaba de registrar una postal inédita para los libros de historia: por primera vez, las cuatro estructuras supremas del Estado —Laura Fernández en el Ejecutivo, Yara Jiménez en el Legislativo, Patricia Vargas en el Judicial y Eugenia Zamora en el Tribunal Supremo de Elecciones— están simultáneamente bajo el mando de mujeres.
El hecho rompe un techo de cristal histórico, sí. Sin embargo, reducir este momento a una simple cuota de paridad o a una fotografía protocolaria en los salones alfombrados de Zapote y Cuesta de Moras sería un error de miopía estratégica imperdonable.
La tesis es rotunda: la verdadera revolución no es que cuatro mujeres ocupen las sillas del poder, sino que hoy tienen la urgencia ética de feminizar la política para rescatarla de la testosterona tóxica de las redes sociales y devolverle la dignidad a una ciudadanía exhausta. No se trata de cambiar de nombres para administrar el mismo sistema fallido; se trata de subvertir las reglas de un juego roto.
Porque gobernar es comunicar, y durante la última década hemos permitido que la comunicación política sea secuestrada por una masculinidad estridente y primitiva. El ecosistema digital se ha convertido en una taberna de gritos donde son mayoritariamente hombres —atrincherados tras perfiles reales o granjas de troles automatizadas por Inteligencia Artificial— quienes distribuyen fake news, difaman y golpean la mesa creyendo que el volumen de su voz equivale a la fuerza de su razón. Confunden el eco del algoritmo con el respaldo de la calle.
Mientras ellos pelean por dominar la tendencia del día en X o en TikTok, afuera hay un país sumido en el letargo social. Hay una nación, una Latinoamérica entera, que ha sufrido la pérdida de la sonrisa. Pienso en esa ciudadana de a pie que espera el autobús en la penumbra de las cinco de la mañana con el miedo instalado en la garganta por las tasas históricas de homicidios, o en el padre de familia que mira con angustia un recibo de luz que el salario ya no logra cubrir. Para esa gente de carne y hueso, los pleitos estériles de las élites son un insulto. No es casualidad que la confianza en los poderes de la República de Costa Rica esté en sus niveles más bajos según el IDESPO: la ciudadanía no odia la política, odia la violencia, la arrogancia y el circo en el que la han convertido.
Aquí es donde la feminización de la política deja de ser un eslogan y se convierte en una herramienta de supervivencia democrática. Lo que hoy urge en el Estado son esos atributos que la historia y la vida le han forjado a la mujer: la solidaridad frente al egoísmo partidario; la sensibilidad para sentir el dolor ajeno; el orden frente al caos institucional; la humildad para escuchar antes de imponer; y la resiliencia para reconstruir sobre los escombros.
Habrá quienes, desde el cinismo habitual o el purismo académico, argumenten que las virtudes no tienen género y que el poder corrompe o endurece por igual a hombres y mujeres. Dirán que exigirles sensibilidad o humildad es caer en estereotipos. Se equivocan. En la era del electorado sintético y la automatización del odio, reivindicar el cuidado, la empatía y la mesura no es debilidad; es el acto de rebeldía política más sofisticado y valiente que existe. Para persuadir a un pueblo roto, primero hay que conmoverlo; hay que emocionar para ganar la batalla por la esperanza.
La estrategia frente a los mercaderes del grito en las redes sociales no puede ser gritar más fuerte. El verdadero liderazgo estratégico entiende que, frente al provocador digital, la táctica más letal no es el ataque, sino la irrelevancia: ignorar el ruido para concentrarse en las soluciones.
¡Son las personas, estúpido! Siempre han sido las personas. Laura Fernández, Yara Jiménez, Patricia Vargas y Eugenia Zamora tienen en sus manos un contrato social agrietado y una factura histórica que no admite demoras. No les pedimos que gobiernen como los hombres que nos trajeron hasta este abismo de polarización afectiva y parálisis legislativa. Les exigimos que gobiernen desde su propia esencia, sentándose en una misma mesa para sepultar el conflicto permanente y rescatar la vía costarricense del diálogo franco, el orden y el consenso.
El ruido digital pasará, los algoritmos cambiarán y los gritones de oficio quedarán vacíos en su propio eco. Pero la reconstrucción del tejido social no puede esperar un día más. Es hora de que la solidaridad, la humildad y la resiliencia tomen el mando para devolvernos la paz en los barrios, el trabajo digno y el orgullo de vivir juntos. Porque en esta guerra por el alma de nuestra democracia, debemos recordar una brújula ética inquebrantable: por encima de la estridencia de las redes y del espectáculo del poder, está, hoy y siempre, la sagrada dignidad humana.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
El silencio que derrota al algoritmo: Por qué la feminización del poder es nuestra última trinchera frente a la barbarie digital Por Elliot Coen En el actual campo de batalla digital, los algoritmos que administran nuestra atención están programados bajo una premisa perversa: la ira es más rentable que la empatía y el insulto viaja diez veces más rápido que el argumento. En medio de esta tormenta de ruido sintético, Costa Rica acaba de registrar una postal inédita para los libros de historia: por primera vez, las cuatro estructuras supremas…










