Paraguay: las alianzas de 2026 dicen mucho sobre el futuro de la oposición
Por Boris Dedoff — Director de Mister Co. Estratega en comunicación política.
Hay una historia que se está contando mal en esta campaña. Se dice que la oposición paraguaya “logró la unidad” en algunos distritos y “fracasó” en otros, como si se tratara de voluntarismo, de generosidad personal o de la capacidad de convocatoria de tal o cual dirigente. No es eso. Lo que está ocurriendo desde enero hasta hoy es algo bastante más interesante y bastante más serio: la oposición está aprendiendo, a los golpes y con desigual éxito, a usar un método. Y el método es la medición.
Vale la pena decirlo con todas las letras porque es la lección más cara que dejó 2023. En aquella elección, la negativa a someterse a una encuesta para definir quién corría con mejores chances bloqueó una fórmula de unidad y terminó de partir el voto opositor. Tres años después, ese trauma se convirtió en procedimiento. La pregunta ya no es si conviene medir, sino si los que pierden la medición van a respetar el resultado.
Asunción: el estándar
La capital es el caso donde el método funcionó completo. Se acordó un mecanismo de medición, se midió, y las fuerzas cumplieron el acuerdo. Soledad Núñez emergió como candidata de consenso a partir de esa medición, no a partir de una negociación de cúpulas, y las fuerzas que salieron segundas y terceras se alinearon. El resultado es una alianza de dieciséis partidos con una arquitectura interna razonable: candidatura única arriba y competencia medida abajo, entre la lista de la alianza y la del PLRA, para que cada fuerza mida su propio peso sin romper la unidad de la cabeza.
Eso es lo que hay que subrayar. La unidad de Asunción no se construyó pidiéndole a nadie que renuncie a sus ambiciones; se construyó dándole a cada fuerza un mecanismo para probar su fuerza real y un lugar en la lista proporcional a lo que probó. Es un diseño institucional, no un gesto de buena voluntad. Y por eso aguantó.
San Lorenzo: el acuerdo que no se acató y la lista que igual se armó
En San Lorenzo el camino fue considerablemente más áspero. También hubo medición, en enero, y también hubo acuerdo previo sobre respetarla. Pero el resultado no fue acatado por Isaac Rojas, y eso obligó a resolver por la vía larga: la candidatura única de la oposición, en la persona de Luz Bella González, recién quedó consolidada después de las internas del 7 de junio y del retiro de las candidaturas de la tercera fuerza. Llegó, pero llegó tarde y costó semanas que debieron destinarse a instalar mensaje en el territorio.
Ahora bien, lo que a mí me parece más significativo de San Lorenzo no es cómo se resolvió la cabeza de la boleta, sino qué apareció por debajo. La alianza Unite por Sanlo, que compite netamente por la Junta Municipal, se armó sobre un perfil de candidaturas que no responde a la lógica partidaria tradicional. Figuras como Sylvia Villalba y Pastor Filártiga no llegan potenciadas por una estructura ni por un padrino político: llegan por el reconocimiento acumulado a sus luchas sociales concretas en la ciudad, por una postura opositora que sostuvieron con coherencia cuando no era rentable sostenerla, y precisamente por su independencia. No deben nada, y eso, en un distrito acostumbrado a que todo se negocie hacia arriba, es un activo.
Vale aclarar que ese perfil no necesita el aval de la capital ni el sello de una estructura nacional para funcionar; su legitimidad es estrictamente local y de eso se trata una elección municipal. Pero es revelador dónde se ubican por afinidad: están más cerca de referentes como Kattya González o Johanna Ortega, reconocidas a nivel nacional como voces opositoras al cartismo, que de cualquiera de los dos partidos tradicionales. Es decir, San Lorenzo está mostrando en escala de barrio exactamente el mismo reacomodamiento que se está produciendo en escala nacional.
Luque: la última ventana
En Luque el caso todavía está abierto y se va a resolver, según lo que se viene conversando, con una medición antes de que venza el plazo de declinación, es decir, antes de que la pantalla de la máquina de votación quede cerrada con tres candidaturas opositoras compitiendo entre sí. Si esa medición se hace y se respeta, Luque vuelve a ser una elección disputada; si no, el municipio ya está resuelto y no hará falta esperar a octubre para saberlo.
De estos tres casos saco la conclusión que me parece más útil de todo el ciclo. La medición como mecanismo de definición está funcionando, pero funciona solamente cuando el compromiso de acatamiento es previo, público y colectivo. Cuando el acuerdo es privado o implícito, el perdedor tiene incentivos para desconocerlo y el mecanismo se degrada a una encuesta más. Para 2028 esto es una advertencia grande: si la oposición piensa dirimir su candidatura presidencial por encuesta, el diseño del compromiso importa tanto como el diseño de la muestra.
El dato de fondo: el tercer espacio pasó al frente
Detrás de estas negociaciones hay un desplazamiento que a mí me parece el hecho político central de 2026, y que se nota en las mesas de consenso mucho antes de que aparezca en las urnas.
La tercera fuerza dejó de ser el socio menor que aportaba respetabilidad y pasó a ser el socio que aporta arrastre. Los números lo respaldan. En la medición del CIIS de noviembre de 2024, Miguel Prieto reunía apenas el 4% de las respuestas espontáneas como referente opositor, por detrás de Paraguayo Cubas y de Kattya González. Para julio de 2025 ya marcaba 12,5% y encabezaba. La encuesta de ICA de febrero de 2026 lo puso primero con 17% cuando se preguntó a quién elegiría la gente para conducir el país, y una medición posterior del CIIS lo ubica en 22% en pregunta abierta hacia 2028. Kattya González y Payo Cubas completan el trío que hoy ocupa la consideración ciudadana como alternativa presidencial.
El contraste con el PLRA es incómodo pero hay que decirlo. El Partido Liberal viene de una transición lenta y todavía inconclusa tras la derrota de la Concertación en 2023: renovó su directorio y su dirigencia principal recién en junio de este año, y esa renovación, con Alcides Riveros a la cabeza, desplazó tanto al llanismo como a los sectores permeables al cartismo, lo cual es sano, pero llega con dos años de retraso. Mientras tanto, según ICA, la simpatía partidaria hacia el PLRA cayó a alrededor del 11%. Un partido que durante décadas articuló en torno al 25% del voto nacional combinando identidad y estructura territorial hoy conserva la estructura y perdió buena parte de la identidad.
La expresión más clara de esa asimetría está en el liderazgo. Ricardo Estigarribia es hoy la figura más conocida del liberalismo y su nombre suena con insistencia para 2028, pero sigue trabajando para consolidar apoyo dentro de su propio partido, mientras que Prieto, Kattya y Payo construyen directamente sobre la ciudadanía. Esa es la diferencia entre un liderazgo que necesita ser validado por una estructura y uno que se valida en la opinión pública. En la Sudamérica de la última década, esa segunda categoría viene ganando de manera bastante sistemática.
Donde esto se va a ver primero: las juntas municipales
Y acá está el punto que casi nadie está mirando y que a mí me parece el más consecuente. En varios distritos, los partidos del tercer espacio decidieron armar alianzas propias para las listas de concejales, enfrentando simultáneamente a la ANR y al PLRA. No están yendo como furgón de cola de la lista liberal: están yendo por su cuenta, midiéndose. San Lorenzo, con su nómina de referentes sin partido, es un ejemplo entre varios.
Las tendencias de encuestas sugieren que ahí puede producirse un reacomodamiento real del poder legislativo municipal. La ANR llega unida, con una máquina probada y una participación interna que rozó el 50% de su padrón, pero llega con desgaste de gestión en las plazas que administra. El PLRA llega con estructura pero en plena transición y con simpatía partidaria erosionada. Y el tercer espacio llega con menos aparato pero con las figuras que hoy tienen mejor imagen y mayor capacidad de arrastre sobre el voto independiente, que es exactamente el segmento que decide una banca marginal.
Si esa combinación se confirma el 4 de octubre, el resultado más importante de esta elección no va a ser cuántas intendencias cambian de color. Va a ser la composición de las juntas municipales: cuántas bancas pasan del PLRA al tercer espacio dentro del bloque opositor. Porque esa cifra es la que va a definir quién tiene autoridad para encabezar la mesa opositora en 2027, cuando haya que definir la candidatura presidencial. Las juntas municipales son, en este ciclo, la primera vuelta silenciosa de 2028.
Lo que queda por delante
Once semanas de campaña habilitada, hasta el 1 de octubre. Tres tareas, en este orden. Cerrar las mediciones pendientes con compromiso público de acatamiento antes del plazo de declinación, porque cada candidatura opositora de más en la pantalla es una banca regalada. Trabajar la lista de concejales como una campaña autónoma, con proyección de reparto y territorio asignado, y no como apéndice de la candidatura a intendente. Y asumir que el reordenamiento interno de la oposición ya empezó, se esté o no dispuesto a nombrarlo.
La oposición paraguaya llega a 2026 con un método que funciona cuando lo respeta y con un liderazgo en recomposición. Esas dos cosas están conectadas: el método sirve precisamente para procesar el recambio sin romper la coalición. Quien lo entienda antes va a llegar mejor parado, no solo a octubre.
Resumen y contexto
Resumen (clic para ver)
Paraguay: las alianzas de 2026 dicen mucho sobre el futuro de la oposición Por Boris Dedoff — Director de Mister Co. Estratega en comunicación política. Hay una historia que se está contando mal en esta campaña. Se dice que la oposición paraguaya “logró la unidad” en algunos distritos y “fracasó” en otros, como si se tratara de voluntarismo, de generosidad personal o de la capacidad de convocatoria de tal o cual dirigente. No es eso. Lo que está ocurriendo desde enero hasta hoy es algo bastante más interesante y bastante…










